"Mis únicas Banderas son el cielo del día y el manto de estrellas en la noche. Mi Tierra es allí donde piso. Mi cultura es la que comparto e intercambio con las personas que encuentro en el camino. Mi himno, el canto de los pájaros, el susurro del arroyo y el bufido del viento en bosques y cumbres... Mi gente sois tod@s, aunque todavía no os conozca."

viernes, 12 de noviembre de 2010

Solo al Toubkal

Aunque la ascensión al Toubkal fue en solitario, en el Refugio Les Mouflons coincidí con muchas personas con las que compartí el sueño de subir la Montaña, el fuego que caldeaba el Refugio en la noche fría, y momentos de conversación impagables. A ell@s, un Gran saludo:
Martin y Johannes (GE), Brigitte Wasch y sus 3 compañeros del Equipo Franco-Marroquí, Chema y Begoña, viajeros imparables (SP), los becarios españoles de Casablanca: Yago, Juan, Rocío, Patricia, Carmen, Pepa, al equipo KILI: Mercè i Jordi, a Elena i Joan, los últimos en llegar...Y a todo el equipo del refugio que me hicieron sentir en casa: Sr Mouflons y familia, Abderrahim, Mohamed, Ibrahim y el resto de guías, muleros y cocineros
...

... (del diario de notas)

Mohamed agitaba sus brazos en señal de que no iba yo por buen camino... Sólo llevaba caminando cinco minutos y empezaba mal la cosa... Sin embargo, la distancia era suficiente para que no pudiésemos comunicarnos casi ni por gestos exagerados.

-Vendrás conmigo por amistad? - le había preguntado unos minutos antes, justo después de tomar el abundante desayuno que me había servido.


Su mirada se perdió en el infinito al tiempo que su sonrisa justificó un silencio. Por unos dirhams me habría hecho de guía, pero yo ya le había dejado claro que no quería un guía. Cogí mi mochila y después de darnos la mano, salí en dirección a las rocas en las que él me había indicado el inicio de la vía hacia el Collado Norte, desde el cual podría atacar el Toubkal y el Imouzzer, tal y como habíamos estado hablando delante del fuego la noche anterior con Abderrahim, el responsable del refugio.

En un momento se plantó a mi lado, cerca de una gran roca de la que colgaban los carámbanos de hielo que un día antes eran una pequeña cascada. Me indicó el sendero casi invisible y se despidió. Comencé la marcha, dura ya desde el principio. Poco a poco me integré en las Montañas, dejando que mi respiración fuese una con el viento frío, bebiendo literalmente de la humedad que brotaba de la tierra. A las 3 horas estaba en el Collado Ouanas, entre el Tibheirine y el Imouzzer. Los restos del avión estrellado hace ya muchos años, habían quedado abajo.


Desde el Imouzzer, con el viento que me zarandeaba como si fuese una hoja de papel, estudié la figura de la Gigante, de "la Montaña de las Montañas" como la llaman los Bereber. La caída que había por sus paredes casi verticales era impresionante. La cresta que partía del collado se veía factible, así que dejé de pensar y me lancé a ella. En un cuarto de hora estaba empezando a subir. Al principio distinguía el sendero dejado por los muchos que me habían precedido en otras semanas pasadas. Sin embargo, pronto la nieve helada me invitó a grimpar por las Rocas. Guardé mis bastones, que ya de poco servían. Desestimé los crampones y recordé la imagen que vino a mí en mis sueños ... sonreí. Iba a tener que emplearme a fondo, sin pensar más que en subir y subir. Y así, mis manos y pies fueron arañando metro a metro la distancia mientras mi mente repetía una letania: "No puedes caerte, no puedes caerte, no puedes caerte..."

Cuando apareció ante mí la pirámide de metal que corona la cima, solo quedó andar unos metros. El frío era intenso y la superficie de la cumbre aparecía manchada de placas heladas en las que un resbalón habría podido ser más que nada ridículo. Observaba el horizonte de Montañas cuando apareció el Pastor. Por señas me indicó que iba hacia el lago Ifni en busca de sus cabras, pero se sentó junto a mí mirando mi botella de agua, el chocolate y las galletas. Observé su vestimenta: sus zapatillas de lona, su pantalón de tergal roído por el tiempo, su jersey deshilachado y la pequeña manta que rodeaba su torso. Con el turbante se protegía el cuello además de la cabeza y soplaba sus manos apretadas la una contra la otra para insuflar el calor que tanta falta les hacía. Le extendí el agua y bebió. Le dí galletas y chocolate y comimos juntos durante unos minutos sin decir palabra. Ni él hablaba mis lenguas ni yo las suyas, así que todo lo que escuchamos fue el viento.

Dif: Media; Dn+Ac: 1300m; T: 7hs
Desestimé la ruta de descenso por la Tête d'Ouanoums, pasando por el Toubkal Oeste, mi plan inicial. Sentía algunas molestias en el talón izquierdo que no había acabado de curar desde mi salida al Cadí. Recordé las palabras de Abderrahim y del Sr. Mouflons al respecto... y decidí bajar sin alargar la jornada más de lo necesario. Esa vía habría supuesto un sobreesfuerzo y unas 3 horas más de ruta. Me sentía más que satisfecho. Entonces sentí algo a mi espalda y me giré: unos montañeros vestidos como si estuviesen en el Himalaya aparecieron gritando como posesos. Me giré para ver cuál era la reacción del pastor pero ya no estaba. Había continuado su camino en una rutina que debía repetir cientos de días al año, y que seguramente le acompañaba desde que era un niño. Luego aparecieron dos nuevas figuras más ligeras mirando sus cronómetros.


-Venimos desde Imlil... 5 horas 15 minutos!!!- dijo uno de ellos. Iban con equipo ligero...corredores.

Intercambié 4 palabras y saludos y tiré hacia abajo por donde habían aparecido los últimos. Cuando bajo siempre es más dificil: en las bajadas es cuando suelen aparecer los problemas. Llegó un momento en el que no atinaba a distinguir el sendero correcto entre las decenas de senderillos marcados por las cabras,  y empecé a deambular por canchales de rocas que se desprendían al tiempo que mis pies las cruzaban. Durante una travesía en uno de ellos, en busca de lo que parecía un sendero prometedor, me golpeé muy fuerte una rodilla con un afilado canto. El cielo fue blanco un instante cegador y el dolor fue tan intenso que me saltaron las lágrimas. Evité como pude el pensamiento de una lesión seria, al tiempo que me agarré firmemente a los bastones que me sostenían... Tardé varios minutos en recuperar la compostura y comenzar a caminar. En caliente podría llegar abajo. Y seguí mi descenso. No había más alternativa que ésta. 

La tortura se acabó de forjar cuando sentí que se desgarraba mi pie izquierdo. La ampolla nacida en una salida anterior al Cadí, que cubría toda la planta del talón, había cedido y toda la piel se había desgarrado. Aún así, caminé y descendí sin pausa hasta que ví el valle en el que me esperaba el refugio. Sólo entonces me paré, y con decisión corté con mi navaja toda la piel de la herida, colocando en su lugar uno de esos parches que tantos conocemos... No quise ni mirar la rodilla, pero tomé un antiinflamatorio. Y ya con menos dolor continué el descenso por las empinadas laderas que descendían al Valle.

A las 7 horas y media  de marcha, llegaba al Refugio de Les Mouflons. Y Mohamed, sin palabras, me invitó a sentarme y tomar un delicioso y cálido té azucarado que entró a buscar a la cocina. El Sol brillaba sus últimos momentos en la Terraza sin viento. Abderrahim salió a compartir el té y la experiencia...

-Bien Amigo. Bien... -dijo Mohamed depositando la bandeja del té en el suelo.
-Me habría gustado que vinieras conmigo, amigo. - respondí- Ha sido increible. Mis dos primeros 4000...pero mañana creo que no podré ir al Ras...
-Bien Amigo, bien... - dijo Abderrahim alzando su vasito de té.
- Sahá! - dijimos los tres chocando nuestros vasos.
- El Ras y el Timezguida no se van a mover-sentenció Abderrahim mirando a las Montañas-... cuando vuelvas ahí estarán!

(Puedes ver el vídeo...)